Una gran dosis de talento, trabajo, constancia y creatividad han sido hasta ahora los elementos básicos que se respiran en Digital Invaders. Más de 100 guerreros reunidos de los cuatro puntos cardinales han creído en este gran proyecto educativo, la Escuela de Grupo W. Un sinnúmero de anécdotas, vivencias, desastres, aciertos, desavenencias y festejos han marcado la corta vida de este ente educativo. Pero como en todo génesis, siempre existe algún culpable.

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(Texto por Rubén Ruiz Soriano A.K.A Raji)

“Qué árido es, fue lo que pensé mientras me asomaba por la ventana. Era mediodía, y aún cuando el avión estaba a punto de aterrizar, no se distinguía a la pista dentro terreno yermo. Tan sólo unas vacas. Unas vacas que nos vieron aterrizar sin inmutarse, quizá acostumbradas al trajín de los aviones que aterrizan en plenos desiertos, quizá anestesiadas por el calor de mayo de las tierras coahuilenses.

Me llevó a Saltillo un proyecto al que no podía decir que no: Queremos hacer la escuela de Grupo W, me dijo, con otras palabras, Miguel Calderón, en una llamada en noviembre de 2008. Pero es en Saltillo, mi Raji…, agregó, como previendo una posible resistencia de dejar mi chilanguidad. Y claro: me costaría (al final no me costó casi nada) trabajo dejar mi hermosa pinche ciudad, pero tenía claro que para hacer un omelette, hay que romper un par de huevos.

A primeras el proyecto sonaba sencillo, considerando el talento que había, que hay y que habrá, en Grupo W. Ya los conocía por un trabajo en el que coincidimos: el sitio que hicieron para Semillero, que fue, porque ya fue hace rato, la primer escuela seria de publicidad en México.

Ya en una segunda lectura no se veía tan fácil: los encargados de darle la primer luz al proyecto no eran, precisamente, ejemplos de vida académica. Por una parte, Miguel se convirtió en especialista en cursar tan sólo los primeros semestres de las carreras que cursó; nunca terminó una. Yo había estudiado Derecho y amenazaba con ser peor abogado que Lionel Hutz, y por azares del destino -azares que fueron propiciados por la amabilidad de mi amigo el Pana Arrechedera-, me había embarcado en la educación de futuros publicistas (discúlpame mundo).

Así pues, un día cualquiera, el Mike y el que esto escribe nos pusimos a crear las bases de la escuela. Tras intensas sesiones de trabajo, las cuales duraron en total una media hora, llegamos a la conclusión de que habían dos caminos: uno, fusilarnos algunos planes de estudios de escuelas que nos gustaban y adaptarlos a la escuela; o, dos, ya que habíamos odiado nuestras escuelas, a sus profesores, las clases, y hasta los descansos entre éstas, crear la escuela en la que nos hubiera gustado estudiar. Un par de gestos cómplices obviaron la respuesta.

Luego comenzó la fase donde con cada uno de los profesores fuimos armando el contenido. Uniendo todo, nació un primer curso que, de haberse cumplido a cabalidad, hubiera durado sexenio y medio en lugar de los tres meses y medio contemplados. ¿Por qué tres meses y medio? Vaya usted a saber.

Recibimos a los primeros alumnos (perdónenos, porque no sabíamos lo que hacíamos.. bueno, a decir verdad, ni con los de las generaciones posteriores). Sin embargo, eso es lo que en cierta forma le ha dado cierta sana anarquía a la escuela: se va modificado conforme a las características de los alumnos y a la propuesta de los profesores. Al final, convertimos un pretexto en ideología: No hay mejor traje que el hecho a la medida. Pero para hacer un traje a la medida primero hay que conocer al sujeto al que se le confecciona, y no al revés, como sucede generalmente en el sistema educativo.

Ya luego la escuela se fue llenando de ideas, unas basadas en el sentido común, otras en el alegre disparate; las menos recargadas en la ocurrencia; y aunque no todas han perdurado, todas se han intentado. A la fecha se ha convertido en una escuela comunitaria, en una donde a todos nos hubiera gustado estudiar. El que la mayor parte -o la totalidad- de los alumnos y exalumnos hagan patente su paso por la escuela en sus bios, ya sea en twitter o facebook, nos habla de ese sentido de pertenencia, y de cierto orgullo.

Pasó un año y medio, cuatro generaciones pues, donde de fundador pasé a director, luego a una especie de fantasma que, afortunadamente, no quedó en pena. Salí de la escuela. Me ofrecieron dar clases: espero no haberlo hecho tan mal. Ya no estoy ahí, pero sigo ahí: será que el fantasma dejó su ahí su bicicleta. Me queda la satisfacción de haber pertencido a algo que nació en un torpe big bang y que ahora se va volviendo planeta. Digital Invaders es la segunda cosa de la me enorgullezco en la vida, después de un golazo que una vez metí en la universidad y que ya ni mis amigos de entonces se acuerdan.

Allá en Saltillo se me quedan mis amigos de Grupo W -jamás había tenido tantos-; la escuela y a los alumnos que conocí (a los que no conocí: pues ustedes se lo perdieron); el recuerdo de haber sido un futbolista mediocre, pero un extraordinario bebedor (la gloria reside en el #HDTW); la carnita asada; ir en bici entre el cielo y los montes de Saltillo oyendo a Creedence.

Bueno, a Saltillo llegué por aire y regresé por tierra. Una metáfora perfecta para un chilango que no se hallaba, y que al aterrizar ayudó a desarrollar una de las mejores ideas que se hayan llevado felizmente a cabo. Llegué con una duda y me regresaron con un premio. No mamen, gracias.”

PS 1: Alguien dijo, la verdad no sé quién, que uno es tan querido como lo despiden a uno de su trabajo, por los varios y sinceros: ya nos veremos otra vez, cabrón. Encarecidas gracias a todos los Dobleus, maestros. No los menciono personalmente acá, porque el post me crece al doble, ya de por si…

PS 2: Gracias al Mike por la oportunidad. Gracias al Uli por el camino. Gracias por otorgarme no la llave de la ciudad invader, sino la chapa.

PS 3: Gracias a mi carnalito el Alex, que me hizo escribir esto con mi torpe pluma. Amos por la birria, compa.