The Saltillo Runner

(o algo así, ciencia ficción existencial, pues).

No puedo decir que en algún momento deseé ser astronauta. Creo que estaba más ocupado viendo la tele y deseando ser un vaquero, ninja o dinosaurio. Y aunque la idea de viajar y terminar como Laika me aterra, de cierta forma no puedo negar que el espacio, la ciencia ficción y todas sus insistencias populares me han cautivado desde chico. Porque es difícil hacerse de rogar a disfrutar todos esos símbolos de acción que se han sentado pues en muchas televisiones desde la niñez. Por lo mismo, sigo estando de acuerdo en que Episode IV: A New Hope ha sido siempre una versión honesta de lo que significa una aventura. Es una historia de interrupción, de sucesos extraordinarios en la vida de alguien, un joven que se embarca en una misión por rescatar a una princesa y salvar la galaxia. Es un proceso, un viaje de incertidumbre pero con más descubrimiento que otra cosa. Supongo que cuando Luke se trepó al Millenium Falcon no tenía ni idea del viaje, del camino que tomaba —tampoco de las precuelas gachitas por venir— ni de la cantidad de cosas que aprendería después y armaría.

Cuando en enero de 2012 llegué a Saltillo con una maleta llena de dudas, un corazón por crecer y mucho por vivir, comenzó lo que en algún post de un blog chueco y rojinegro se tituló como “El experimento”. Una búsqueda extraña, graciosa pero genuina. En resumen comprendo en un modo que este experimento es como una configuración espacial de un barco pirata, una nave cargada de geeks, misfits, genios y alborotadores dotados de talentos únicos —en mi caso, puedo besarme los codos—, curiosos por descubrir lo que hay más allá. Esta banda de renegados, casi con el cabello de Lorenzo Lamas, son los verdaderos pilotos del experimento y a la vez sus propios maestros. El experimento navega lejos, rompiendo barreras y radiaciones tediosas, hacia una posición desconocida.

Es probablemente oportuno el comparar de tal forma a un proyecto tan vivo y experimental como Digital Invaders y probablemente no haga entera justicia a la misión de una escuela digital pionera en su forma y resultados pero creo que se adapta totalmente a posibilidades e ideas. Tampoco explica cómo esa escuela vino y bloqueó cuatro meses de mi existencia y amplificó casi cualquier tipo de respuesta emocional, pensamiento, indulgencias personales y me llevó también a un paseo, lejos, en un vehículo con vistas impresionantes. Un viaje rápido, intenso, alejándome de todo con descarada velocidad, marcando mi mente y corazón, casi con ácido y toneladas de humildad para decirme con cierta valentía y desenfado «Eres un pirata espacial aquí y allá, donde sea, eres un Invader.» El poder de la nave viene de la manera radical en la que cambia tu contexto, tu forma de ver las cosas, sin preguntarte, con la dirección de un crew repleto de artefactos y experiencias. Como sucede en muchos movimientos y hasta en la vida misma, el rate, tasa o KPIs del éxito de viaje los fija el pasajero al final de todo y con seguridad unas sólidas 15 ó 16 semanas de tu vida serán diferentes.

No creo que sea necesario adjuntar por aquí que la experiencia te deja un amplio panorama en, pues bueno, prácticamente todo. Las valiosas amistades y experiencias que se obtienen valen por mucho cualquier riesgo, el que sea que se pinte. De ahí es que llevo mis aprendizajes y recuerdos tanto como una linda maldición y un regalo de vida; no podré vivir lo que sea que siga sin notar o buscar un cambio, sin buscar aprender más. Sea cual sea la forma de verlo, la única verdad es que Invaders modificó y tiró muros dentro de mí de una forma drástica y me enseñó a jugar a muchas cosas. El verbo invadir se manifiesta frecuente, a diario, en rayos tremendos de inspiración, en agitaciones en los que tengo cinco años de nuevo y soy totalmente curioso e imaginativo, momentos en los que se manda al carajo todo el prejuicio insano de un calificador cansado y temeroso. La nave te cambia lo pesado por un corazón que aunque sea en ocasiones pequeño, sigue en una lucha tremenda por funcionar a toda costa, por transmitir pasión desmedida en lo que hace y crecer. Por adentrarse al espacio, a una galaxia lejana y explorar.

Iván Soria
Dirección Creativa y Medios Digitales – Posh Magazine