Mariel Chong

Saltillo es cielos de gradientes infinitos, sin una nube, como un rectángulo de illustrator. Aceras limpias, como no sé si había visto. Y un silencio alucinante que solo lo rompe un igual de alucinante tren qué pareciera que solo puede avanzar si va sonando la bocina, la corneta o como se llame el claxon de los trenes. Saltillo es una sensación rara en la nariz y en las uñas porque el aire está bien seco. Perdónenme la última, pero soy una panameña tropical, no había forma de que el clima que no quedará en la lista de lo sorprendente de Saltillo.

Y Digital Invaders no es Digital Invaders sin Saltillo. La mayoría conocimos entonces la ciudad por primera vez. Pero eso es apenas el principio, ese primer día de llegar y ubicarte en la geografía de la ciudad, de cuál es la escuela y cuál es la agencia, quién es quién, y un muy general “¿dónde estoy?”.

¿Cómo me explico? En cuatro meses, la tele sólo se prendió un par de veces, para ver debates políticos, y un par de juegos de la champions, que ocasionaron la misma cantidad de gritos. Es que aunque no hubiera tarea, la gente llegaba a la casa a dibujar, a rayar, a hacer caligrafía, a probar los programas, a seguir dándole. Y más que por motivación, “ñoñerías”, o que sé yo, era porque simplemente era lo que por naturaleza iban hacer, era lo que les nacía hacer. Debo admitir, que yo perdí demasiado tiempo jugando tetris.

Los “inveiders”, los “invAders”… los invasores esos, son gente que hace cosas. Suena tonto, pero el detalle es ese, todos pensamos, opinamos, decimos, tenemos ideas. Los invaders, son invaders, porque hacen. Y eso es, carajo, de lo más inspirador que he visto.

Luego resulta que ese es tu equipo, qué buena suerte, porque en algún chispazo de aire de desierto te das cuenta que la barrera de la ejecución se vuelve un “¡Hagámoslo! Ya estamos aquí, ¿no?”. Y frases como “¿Cuándo más vas a poder hacer algo así?” empiezan a escucharse cada vez seguido. Los equipos empiezan a funcionar, son como una rueda de peleas y motivación que gira todo el tiempo. Desayuno, comida y cena; con turnos para dormir e ir a bañarse.

Una mitad son los compañeros – los invaders -, la otra mitad es la escuela –digital-. Un sistema educativo redondito y funcional. Uno se pone a pensar en los políticos alrededor del mundo inventándose papeles y exámenes para salvar al niño chueco que es el sistema educativo que tienen la mayoría de las escuelas de nuestro continente… y acá, flaca de burocracias hay una escuela a la que la gente quiere ir. Un método de aprendizaje que lo vi así: le quitamos las rueditas a tu bicicleta, tenemos curitas y la certeza absoluta de que no te va a pasar nada si te caes. Pero esa es otra historia, para otra ocasión.

De invaders te llevas mucho: una camiseta, un montón de gente, una ampliación de todo lo que sabías, y lo que me pareció muy chévere: conocer cosas que no sabías que existían. A mi me tocó, además, una bolsa de pan de pulque. Hubo otros que incluso se llevaron una vocación y casa nueva. Pero tras varias conversas post-invasión, la conclusión es que lo mejor que te llevas es un el discernimiento de la idea. Saber por ti solo: ¿es buena o es mala? De ahí sólo, las pelotas para ejecutarla, y la necedad de que sí se puede hacer, así como también se puede cambiar en el último minuto.

Al final, te ves adentro de una cultura, de Digital Invaders te llevas todo lo que eso conlleva. Lo de técnica y teoría que aprendiste, lo que sabes que no aprendiste, y el muy importante “por qué no lo aprendiste”. De lo mejor, toda la gente nueva e inspiradora que conoces, entre esas, tú. Ya, de ahí pa’lante, es hacer con eso lo que te dé la gana.

Mariel Chong
Dirección de arte – Arrechedera/Claverol