Beware: The Digital Invaders!

Si te llama alguien que admiras, le contestas. Y si te llama a trabajar, pues te vas a trabajar con él. Con esa lógica párvula resolví la llamada de Miguel Calderón, en la que me ofrecía el proyecto de crear la escuela de Grupo W, a la que después llamaríamos Digital Invaders.

Cuando esa persona a la que admiras te da luz verde para el proyecto que tienes en mente, lo único que puedes hacer es crear la escuela en la que te hubiera gustado estudiar. Y si no sabes nada sobre el intrincado mundo de la computación ni de la súper carretera de la información, tienes que consultar a los talentos de la agencia -y futuros profesores- sobre qué les gustaría enseñar. Ellos le dieron a Digital su primera característica: ser una loca escuela comunitaria.

La siguiente característica, la mutabilidad, se la han ido otorgando los alumnos. Inteligentemente, la escuela ha sabido leer a cada generación y adaptarse a ella, no al revés: así es como esta escuela comunitaria y sus alumnos mutantes han creado una máquina de movimiento perpetuo.

Tengo que reconocer que no me siento apegado a los alumnos de las generaciones posteriores a la que salí. Sólo sé que pesa sobre mí una especie de leyenda que tiene que ver más con mi eterna disposición a la convivencia etílica que a la cuestión académica. Digital ya es como un hijo que se fue de la casa desde muy joven, de cuyos logros te enteras por la radio y que en un álbum vas coleccionando sus recortes; los lees a cada rato, suspiras, cierras el álbum, lo guardas y te pones a hacer tus cosas.

Esas noticias y esos recortes se van acumulando y van documentando los muchos premios y reconocimientos que ese hijo -que ya no sabes si es tu hijo- ha logrado. La mayoría de premios nunca se habían conseguido en México, eso llama la atención de los alumnos, maestros y demás, y los enorgullece. Personalmente, me dio más emoción el oro en el Ojo de Iberoamérica ganado por los alumnos, que el Cannes ganado por el sitio de Digital, en el que me tocó participar muy poco.

A mí lo que más me da orgullo es leer las biografías de tuiter y fesibuc de los alumnos y exalumnos y darme cuenta de que casi todos se definen como estudiantes o ex estudiantes de Digital Invaders. Como dice el maestro de maestros, Ulises Valencia, el que fue invader siempre lo es y lo será.

Hoy se gradúa la décima generación. 10 es el símbolo de la excelencia académica y 10 es el mítico número de los creativos en el fútbol. Para mí, el 10 es el número del escalón que precede al undécimo. Hay que lograr que este escalón sea lo más alto posible.

Rubén Ruiz (a.k.a. RAJI)
Founder

José Feliciano Adame


Generalmente, cuando planeamos bien las cosas, suelen tener éxito, pero no siempre es así. Para mí, Invaders fue de esas cosas que no estaban en el plan, de esos eventos que no esperaba; sin embargo, fue una de las mejores experiencias que he tenido.

Empezando por que aprendí a valorar todo lo que me rodeaba hasta entonces, desde mi familia, mis amigos, mi dinero, mi zona de confort, y es que tal vez la rutina me hizo dar el salto, cambiar todo por 16 semanas para convivir con 15 tipos de distintos lugares, sin saber absolutamente nada de nadie, y eso, para mí, sonaba bastante atractivo, y así fue.

Esas 16 semanas me ayudaron a tomarme un respiro, a sentirme libre de hacer lo que me gusta y detenerme a pensar si lo que hacía realmente me apasionaba. Para mí fue una gran experiencia, desde conocer a cada uno de los maestros y compañeros, y darme cuenta del valor humano de cada uno. La convivencia diaria te hace sentir en casa, y más que un compañero o un maestro, cada persona se convierte en tu familia. Con ellos aprendes que no haces nada si no eres un equipo, que tienes que escuchar a los demás para hacerte escuchar, a hacer las cosas por el simple gusto de hacerlas, porque simplemente te arriesgas a dar el máximo por lo que te apasiona y te das cuenta de que esa pasión que nos unió como una gran generación puede ayudar a alguien de manera humana. Para mí, eso fue Digital Invaders.

José JFa
Animator – Depto. Motion Grpahics de MVS televisión.

*También colabora con los Rodríguez, un grupo de Invaders que hacen cosas por mera pasión.

Mariel Chong

Saltillo es cielos de gradientes infinitos, sin una nube, como un rectángulo de illustrator. Aceras limpias, como no sé si había visto. Y un silencio alucinante que solo lo rompe un igual de alucinante tren qué pareciera que solo puede avanzar si va sonando la bocina, la corneta o como se llame el claxon de los trenes. Saltillo es una sensación rara en la nariz y en las uñas porque el aire está bien seco. Perdónenme la última, pero soy una panameña tropical, no había forma de que el clima que no quedará en la lista de lo sorprendente de Saltillo.

Y Digital Invaders no es Digital Invaders sin Saltillo. La mayoría conocimos entonces la ciudad por primera vez. Pero eso es apenas el principio, ese primer día de llegar y ubicarte en la geografía de la ciudad, de cuál es la escuela y cuál es la agencia, quién es quién, y un muy general “¿dónde estoy?”.

¿Cómo me explico? En cuatro meses, la tele sólo se prendió un par de veces, para ver debates políticos, y un par de juegos de la champions, que ocasionaron la misma cantidad de gritos. Es que aunque no hubiera tarea, la gente llegaba a la casa a dibujar, a rayar, a hacer caligrafía, a probar los programas, a seguir dándole. Y más que por motivación, “ñoñerías”, o que sé yo, era porque simplemente era lo que por naturaleza iban hacer, era lo que les nacía hacer. Debo admitir, que yo perdí demasiado tiempo jugando tetris.

Los “inveiders”, los “invAders”… los invasores esos, son gente que hace cosas. Suena tonto, pero el detalle es ese, todos pensamos, opinamos, decimos, tenemos ideas. Los invaders, son invaders, porque hacen. Y eso es, carajo, de lo más inspirador que he visto.

Luego resulta que ese es tu equipo, qué buena suerte, porque en algún chispazo de aire de desierto te das cuenta que la barrera de la ejecución se vuelve un “¡Hagámoslo! Ya estamos aquí, ¿no?”. Y frases como “¿Cuándo más vas a poder hacer algo así?” empiezan a escucharse cada vez seguido. Los equipos empiezan a funcionar, son como una rueda de peleas y motivación que gira todo el tiempo. Desayuno, comida y cena; con turnos para dormir e ir a bañarse.

Una mitad son los compañeros – los invaders -, la otra mitad es la escuela –digital-. Un sistema educativo redondito y funcional. Uno se pone a pensar en los políticos alrededor del mundo inventándose papeles y exámenes para salvar al niño chueco que es el sistema educativo que tienen la mayoría de las escuelas de nuestro continente… y acá, flaca de burocracias hay una escuela a la que la gente quiere ir. Un método de aprendizaje que lo vi así: le quitamos las rueditas a tu bicicleta, tenemos curitas y la certeza absoluta de que no te va a pasar nada si te caes. Pero esa es otra historia, para otra ocasión.

De invaders te llevas mucho: una camiseta, un montón de gente, una ampliación de todo lo que sabías, y lo que me pareció muy chévere: conocer cosas que no sabías que existían. A mi me tocó, además, una bolsa de pan de pulque. Hubo otros que incluso se llevaron una vocación y casa nueva. Pero tras varias conversas post-invasión, la conclusión es que lo mejor que te llevas es un el discernimiento de la idea. Saber por ti solo: ¿es buena o es mala? De ahí sólo, las pelotas para ejecutarla, y la necedad de que sí se puede hacer, así como también se puede cambiar en el último minuto.

Al final, te ves adentro de una cultura, de Digital Invaders te llevas todo lo que eso conlleva. Lo de técnica y teoría que aprendiste, lo que sabes que no aprendiste, y el muy importante “por qué no lo aprendiste”. De lo mejor, toda la gente nueva e inspiradora que conoces, entre esas, tú. Ya, de ahí pa’lante, es hacer con eso lo que te dé la gana.

Mariel Chong
Dirección de arte – Arrechedera/Claverol

The Saltillo Runner

(o algo así, ciencia ficción existencial, pues).

No puedo decir que en algún momento deseé ser astronauta. Creo que estaba más ocupado viendo la tele y deseando ser un vaquero, ninja o dinosaurio. Y aunque la idea de viajar y terminar como Laika me aterra, de cierta forma no puedo negar que el espacio, la ciencia ficción y todas sus insistencias populares me han cautivado desde chico. Porque es difícil hacerse de rogar a disfrutar todos esos símbolos de acción que se han sentado pues en muchas televisiones desde la niñez. Por lo mismo, sigo estando de acuerdo en que Episode IV: A New Hope ha sido siempre una versión honesta de lo que significa una aventura. Es una historia de interrupción, de sucesos extraordinarios en la vida de alguien, un joven que se embarca en una misión por rescatar a una princesa y salvar la galaxia. Es un proceso, un viaje de incertidumbre pero con más descubrimiento que otra cosa. Supongo que cuando Luke se trepó al Millenium Falcon no tenía ni idea del viaje, del camino que tomaba —tampoco de las precuelas gachitas por venir— ni de la cantidad de cosas que aprendería después y armaría.

Cuando en enero de 2012 llegué a Saltillo con una maleta llena de dudas, un corazón por crecer y mucho por vivir, comenzó lo que en algún post de un blog chueco y rojinegro se tituló como “El experimento”. Una búsqueda extraña, graciosa pero genuina. En resumen comprendo en un modo que este experimento es como una configuración espacial de un barco pirata, una nave cargada de geeks, misfits, genios y alborotadores dotados de talentos únicos —en mi caso, puedo besarme los codos—, curiosos por descubrir lo que hay más allá. Esta banda de renegados, casi con el cabello de Lorenzo Lamas, son los verdaderos pilotos del experimento y a la vez sus propios maestros. El experimento navega lejos, rompiendo barreras y radiaciones tediosas, hacia una posición desconocida.

Es probablemente oportuno el comparar de tal forma a un proyecto tan vivo y experimental como Digital Invaders y probablemente no haga entera justicia a la misión de una escuela digital pionera en su forma y resultados pero creo que se adapta totalmente a posibilidades e ideas. Tampoco explica cómo esa escuela vino y bloqueó cuatro meses de mi existencia y amplificó casi cualquier tipo de respuesta emocional, pensamiento, indulgencias personales y me llevó también a un paseo, lejos, en un vehículo con vistas impresionantes. Un viaje rápido, intenso, alejándome de todo con descarada velocidad, marcando mi mente y corazón, casi con ácido y toneladas de humildad para decirme con cierta valentía y desenfado «Eres un pirata espacial aquí y allá, donde sea, eres un Invader.» El poder de la nave viene de la manera radical en la que cambia tu contexto, tu forma de ver las cosas, sin preguntarte, con la dirección de un crew repleto de artefactos y experiencias. Como sucede en muchos movimientos y hasta en la vida misma, el rate, tasa o KPIs del éxito de viaje los fija el pasajero al final de todo y con seguridad unas sólidas 15 ó 16 semanas de tu vida serán diferentes.

No creo que sea necesario adjuntar por aquí que la experiencia te deja un amplio panorama en, pues bueno, prácticamente todo. Las valiosas amistades y experiencias que se obtienen valen por mucho cualquier riesgo, el que sea que se pinte. De ahí es que llevo mis aprendizajes y recuerdos tanto como una linda maldición y un regalo de vida; no podré vivir lo que sea que siga sin notar o buscar un cambio, sin buscar aprender más. Sea cual sea la forma de verlo, la única verdad es que Invaders modificó y tiró muros dentro de mí de una forma drástica y me enseñó a jugar a muchas cosas. El verbo invadir se manifiesta frecuente, a diario, en rayos tremendos de inspiración, en agitaciones en los que tengo cinco años de nuevo y soy totalmente curioso e imaginativo, momentos en los que se manda al carajo todo el prejuicio insano de un calificador cansado y temeroso. La nave te cambia lo pesado por un corazón que aunque sea en ocasiones pequeño, sigue en una lucha tremenda por funcionar a toda costa, por transmitir pasión desmedida en lo que hace y crecer. Por adentrarse al espacio, a una galaxia lejana y explorar.

Iván Soria
Dirección Creativa y Medios Digitales – Posh Magazine

Rafa Castillo

Siempre he creído en las señales, en encontrar esas cosas que se atraviesan por la vida, y que nos dictan por dónde ir si estamos dispuestos a identificarlas y arriesgarnos. A Digital Invaders llegué así. Renuncié a mi trabajo donde había estado casi 3 años, y en menos de 2 semanas me encontraba viviendo en Saltillo, con mi finiquito y algunos ahorros. No tenía idea siquiera que iba a hacer a ciencia cierta, ni donde viviría, ni nada de eso. No me importaba. Estaba contento por esa aventura.

Personalmente, fue un curso a momentos difícil para mí, sobre todo en el plano emocional, pues tuve la experiencia en un momento de mi vida previo a muchos cambios que aún sigo viviendo y afrontando. Al final, habíamos llegado ahí a aprender. Enfocarse en el trabajo, en no dejar morir nuestras ideas y defenderlas, nos valió ganar un Ojo de Iberoamérica para la escuela con un proyecto que casi se queda en el olvido. Nos ayudó a demostrar que éramos más de lo que en un inicio se llegó a pensar de nosotros. Digital Invaders tiene algo muy especial, una especie de aura mágica que cuando enamora, genera cosas increíbles. Es difícil de explicar “eso”. Y aun así, lo veo presente en los proyectos de sus alumnos, en la pasión de sus historias, en las pláticas y convivios con invaders de ayer y hoy, en las amistades. Pero sobre todo, lo veo en muchos de los corazones que entran a esa casa de pisos colorados. Seres con una enorme calidad humana que lo mismo te invitaban a una parrillada, te ayudaban con las dudas que llegaras a tener a la hora de programar, compartían ideas, historias, opiniones, o de menos te cuidaban cuando te pasabas de copas en las frecuentes y épicas fiestas que los invaders armaban. En Digital Invaders uno aprende de todos. De la gente de Grupo W. De tus compañeros que varios se vuelven sumamente cercanos en el corto tiempo que pasas ahí. Vaya, hasta de mis caseros me llevé cosas. Son cuatro meses que pueden cambiarte la vida en formas insospechadas a través de un bombardeo constante de experiencias.

A raíz de Digital Invaders, me han pasado muchas cosas. Entré al mundo de agencias digitales, donde me siento nativo, haciendo arte y creatividad para diversos proyectos. Hice nuevos contactos profesionales y varios nuevos amigos que conocí a través de la escuela. La sensación de que en muy poco tiempo, la escuela y sus egresados serán reconocidos como un parteaguas en la industria publicitaria-digital en México y Latinoamérica es muy fuerte. Formar parte de algo así es increíble y especial.

Muchos de los aprendizajes a nivel personal que tuve en la escuela han resultado en lecciones que hoy me están haciendo una mejor y más feliz persona. Difícil no llevarse algo profundo de una escuela que pone recursos como tiempo, dinero y esfuerzo, no por negocio, sino por amor. Eso es algo difícil de digerir para muchas personas. Y a la vez no, una vez que conoces a la gente que lleva adelante este increíble e inspirador proyecto educativo.

Gracias por dejarme ser parte de esta aventura.

Felicitaciones por las primeras diez generaciones. ¡Que vengan otras diez más!

Rafa Castillo
Director de arte – Kansei Lab

Luis Aguilar

Estaba en un festival en Guatemala cuando escuché a Ulises Valencia hablar de Digital Invaders, anhelé ser parte de ese grupo, pero sentía algo de miedo por no tener el nivel que solicitaban. Unos amigos de la agencia donde trabajaba insistieron que enviara mi portafolio, entonces abrí Word, tecleé mis datos, pegué enlaces de los trabajos y lo envié. Fueron semanas de angustia, incluso cuando me cuestionaban si me habían contestado de la escuela trataba de evadir la pregunta.

Después de unas 3 semanas llegó el bendito correo diciendo que no estaba convocado para la cuarta generación, pero si para la quinta y que tenía pocos días para arreglar los trámites migratorios.



Seguro confundieron los correos, pero muchas gracias.

Después de esto inició el proceso de pedir permiso a mis padres por ser menor para salir de Honduras, y tomar la decisión de dejar de ver a mi hija, sí, ya tenía una hija.

Ser Digital Invader era una excelente oportunidad que no podía decir NO, ya casi pasaron 2 años, y ser Invader se ha convertido en una cultura, porque marca, cambia y agrega muchas acciones en el día a día que inconscientemente se reflejan en la forma de pensar, trabajar y arriesgar más en cada proyecto que realizo. Me ayudó a ser exigente con la calidad del trabajo, a inyectarle amor, a agregar las horas necesarias y sobre todo, a trabajar en equipo.

Llegar a un lugar donde no conoces a nadie y entender que tu trabajo depende de tus compañeros en conjunto, es el mejor aprendizaje para entregar todo por un equipo y no por sobresalir. Saber que todos vamos con el mismo objetivo, que nuestro compromiso es entregar lo mejor que tenemos y la humildad para poder aprender de todos.

En Digital Invaders no dan la patada de la buena suerte, dan un empujón.

Soy de Honduras y formo parte de Citrust, un colectivo outsource encargado de fortalecer el departamento digital de las agencias de publicidad.

Luis Aguilar
Interactive Director – Citrust

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